lunes, 7 de julio de 2008

Dijo que nunca más volvería; pero quien se cree esa sentencia cuando se ama. Al menos yo no la creí... Y tan solo se vistió, tomó su bolso y arrojó el cenicero en la pared rompiéndose en pedacitos sobre mi ropa. Desde la puerta, gritó una advertencia que no alcancé a escuchar. Se marchó, dejando las sábanas arrugadas y un par de aros sobre la cama, o al menos, en ese momento creí que era lo único que dejaba atrás. La extrañé desde el día en que se fue. Y yo, desde ese momento no dejo de lamentar haberla dejado ir; pero puede más la ignorancia de un orgullo que darle razón al corazón. Habiendo clausurado mi casa a todo tipo de visitas, observé su presencia en cada rincón de la casa. La acaricié una noche después del teatro. La desnudé sin protesta una noche cualquiera. La consolé en una tarde de confesiones y le limpie las lágrimas mientras lloraba una madrugada. Me fumé un cigarrillo mientras la observaba bañarse y la escuché hablar horas sin parar. La acariciaba mientras se maquillaba por las mañanas, bebí su café y leímos juntos el periódico. Hicimos todo lo que antes hacíamos, sin ella. Perdí la razón y cualquier tipo de pasión, era nada sin ella y decidí buscarla: nunca la encontré. Pero yo sigo aquí mirando desde mi ventana: ¡aún no la pierdo!, tiene que regresar: ella nunca sale sin sus aros.