jueves, 24 de julio de 2008

Salí de mi casa a caminar, a querer creer, a querer pensar, que cada cuadra que caminara iba a ser un lugar más lejos tuyo, un paso menos a olvidarte, un paso menos a dejar de pensar en vos. Caminaba por cuadras por las que solíamos hacerlo juntos, por cuadras en las que íbamos tomados de la mano, abrazados. Y me acorde de mí, de vos, de nosotros, de lo que cambiamos, de lo que sigue igual, de lo que nunca vamos a poder cambiar. Me di cuenta de cómo crecimos, cómo cambiamos, cómo aprendimos, cómo sufrimos, cómo nos hicimos bien. Y caminé recordando tiempos que posiblemente ya no volverán, pero que dejan en mí una experiencia inigualable, una felicidad inmensa y una tristeza gigante también. Bronca, odio, amor, enojo, felicidad, inseguridad, seguridad, querer tenerte para siempre conmigo, querer no verte nunca más en mi vida. Sentimientos contradictorios. Y así hasta llegar a nuestra esquina. Me senté donde lo hice tiempo atrás, con la diferencia de que al lado mío estabas vos, y hoy no estabas, y ya no vas a estar. Y me sentí chiquita, indefensa, vacía. Y miraba a mi costado, esperando verte y creo que te vi. Pude imaginarte perfectamente sentado al lado mío, abrazándome, agarrándome de la mano, y me acordé de las palabras de ese día, del primer beso, y también me acordé del último. Y hubiera querido que el primero durara mil primaveras más, y que el último no terminara nunca.